sábado, 29 de febrero de 2020

Carta para Nadie

Lo bueno de ser tan enamoradiza es que mi inspiración no se dará por aludida. Y aunque lo hiciese, tampoco me avergonzaría. En el caso de que no comprendiese y por el contrario, esto enorgullece su ego, guardo la esperanza de que en un futuro si lo entenderá. Sé que lo harás. 
Me acuerdo mucho de ti. No me gustaría admitir que todos los días. Créeme que se hace dinámico el pensarte, pues hay veces que lo hago con un nudo en la garganta seguido de un sabor amargo. Por el contrario, otras lo hago sonriendo al revivir conversaciones en lugares que me enseñaste. En ocasiones también te quiero ver en otras personas. Es entonces cuando empiezo a ser consciente de que estoy olvidando como suena tu voz. Por suerte no tu risa. Tu olor sorprendentemente me roza de vez en cuando. 
Quiero que sepas que soy consciente de cuanto me he equivocado contigo. De todos aquellos errores que he ido cometiendo desde el principio. Y no me gustaría que pensaras que no valoro todos esos gestos y esfuerzos que me dedicaste. En su momento no lo aprecié como merecías, y aunque sea tarde, que sepas que a día de hoy sí lo hago. Supongo que sentir que nunca era suficiente tenía que ser frustrante. Ahora lo comprendo. Y realmente lo siento. Porque no, no fue suficiente. De la misma forma que ahora comprendo que esta distancia ha hecho que mis sentimientos por ti mejoren, también me ha confirmado que hice lo correcto. Puede que fuese lo único bueno que hice. Y me costó una barbaridad. Estoy segura de que te ha traído la misma paz que a mi. 
Lo más duro de despedirme fueron dos cosas: Primero, que no quería hacerlo. Segundo, que tú ya te habías ido. De manera que me quedé esperando algo que por una parte yo misma había imposibilitado y por otra que tú jamás hubieras hecho: avanzar conmigo. Bloqueé cualquier esperanza de que te quedaras, pero es que yo nunca quise eso. Tampoco teníamos donde permanecer. Es imposible quedarse en la nada. E ahí el origen de nuestros males. Ser o no ser. Necesitaba un cambio, y el error estaba en exigírtelo a ti cuando no era tu necesidad, sino la mía. Por eso, dejar de ser, la muerte de un "nosotros",  fue mi renacer. Morir contigo pudo liberarme de tan pesadas cadenas -mis inseguridades-. Estoy dejando de tener miedo. Me queda mucho por sanar aún, pero estoy bien. Y tranquila.
Si volviera atrás por supuesto que lo haría todo diferente.
¿Pero entonces como hubiese aprendido todo esto? 
¿Como habría llegado a este punto? 
Ni quiero que eso ocurra y tampoco puede ser. 
Sé que han habido más personas en tu vida. Que no te has rendido. Me reconforta, porque yo tampoco lo he hecho. Por eso,  por todo lo que siento por ti, confío en que seas feliz, tanto en soledad como en compañía. Que si estás conociendo a alguien: ojalá te haga sentir muchas mariposas en el estómago. Esa ilusión es preciosa. La conozco porque yo la saboreé contigo. Si por el contrario has encontrado a alguien, espero que tenga la suerte de hacerlo mejor que yo. 
Constantemente tentada a escribir tu nombre, me despido de ti. Y por fin, me perdono por esto.
Esto no es un adiós, esto es un gracias. Así que, 
Gracias.

jueves, 6 de febrero de 2020

29 días antes de Lima


¿Sabes que he sentido esta mañana al despertarme?
Nada.
Ni miedo, pasión o chispa. Pero ¡Si me voy en un mes a otro continente!
¿Acaso es que no me quiero ir?
No. De ningún modo. Pues en mi vida, liderada por el caos a causa de mi dispersa forma de ser, probablemente ahora solo tenga claras tres cosas:
La primera, que había sido con diferencia la mejor decisión que podría haber tomado. Pese a que todo el mundo había intentado disuadirme para que eligiese otro destino. Esta decisión era mía e iba a defenderla como si mi vida dependiese de ello.
Segunda, absoluto desconocimiento de mi futuro allí. La misma certeza tenía de que podía ser un éxito o el mayor fracaso de mi vida ¿Que por qué solo esas dos opciones? ¿Y por qué tan opuestas? Porque soy así. No sé hacer las cosas a medias, ni indiferentes. Supongo que quien me conozca lo habrá podido comprobar a las buenas, o malas. Es por eso que mi vida transita de una maravilla o un auténtico desastre. De ahí que un día me despierte sintiéndome la reina del mundo y al día siguiente sin miedo, pasión o chispa. Apática. Y es que soy opuesta a la neutralidad. 
Tercera, iba a alejarme de las personas más importantes de mi vida. Gente que me apoyaba incluso cuando me equivocaba, qué era -y es- constantemente. Mi familia, un círculo de amigos que se preocupa por mi, y que siempre me tenía presente, incluso cuando ni yo misma me soportaba. Y sobre todo, del mayor regalo que me había dado la vida,  mi madre

Y es en este punto donde me confirmo lo importante que va a ser esto en mi vida. Que hoy me haya despertado de nuevo perdida, pero que mañana probablemente deseé comerme el mundo. Me demuestra que giro alrededor de unos extremos que van a terminar por colapsarme. Creo que ya he llegado al límite de seguir llamando a esto "un mal momento". 

¿Así va a ser Ana el resto de su vida? Me aterroriza pensar que voy a seguir así un día más. Prefiero morir a pensar que esta es la persona que voy a ser en adelante. 

Sin embargo, soy consciente de que a mi edad, o qué demonios, cualquier persona de cualquier edad, padece lo mismo que yo. Que se trata de ciclos emocionales. Ya sea por desengaños amorosos, miedo al futuro o simplemente, insatisfacción con lo que se tiene. Normalmente estas personas no solucionan esta crisis de identidad marchándose a otro país. Pero llorar una noche escuchando una playlist de Spotify con las 50 canciones más tristes de la historia: tampoco me estaba funcionando. Ni salir de fiesta cada fin de semana. Ni leer. Nada de lo que he estado haciendo hasta ahora me ha servido para encontrar el equilibrio. 

A esto hay que sumarle algo más ¿Acaso mi círculo siente que yo les quiero o apoyo? Creo que me estoy quedando vacía, que estoy dejando de palpitar. Aquí ya no hay nada que me pueda llenar. Todo lo contrario, cada golpe o desilusión me ha ido apagado cada vez más, aún siendo crónica de una muerte anunciada. 

Y por fin siento que me he cansado. Me agota la búsqueda de una chispa que cause un incendio. Una vez apagadas las llamas ¿Qué hago con mis cenizas? No quiero un incendio que arrase con todo lo que se encuentre. No quiero recogerme -de nuevo- en pedazos. No quiero más ruinas. 

Así que no, no quiero más extremos. Aunque supongo que hacer este intercambio puede que haya sido una medida extrema ¿No?

La cuestión es la siguiente. Necesito un contrapeso que me impida divagar entre los límites de mi existencia. Pero con ello no quiero abandonar lo que considero que es mi esencia. ¿O sí? Tengo la necesidad de descubrir quién soy. Quiero darme otra oportunidad para conocerme y sobre todo,  para  atreverme a sentir sin miedo. Para no despertarme de nuevo con este vacío dentro.