miércoles, 17 de junio de 2020

El castigo de no quererte

[2:58, 17/6/2020] Anónimo: Mañana empiezo la dieta
[2:58, 17/6/2020] Anónimo: Y a hacer ejercicio como un cabrón
[2:58, 17/6/2020] Anónimo: Se va a enterar

¿Alguna vez te has dicho algo parecido? Porque yo sí. 

Cada vez que me han roto el corazón, esa misma noche -mientras escucho la típica canción que termina por destruirte- me repito justamente esas tres frases. Llevo toda mi vida planeando una venganza contra mi cuerpo. ¿Qué culpa tienen mis michelines de mis desilusiones? De todas las cosas que conforman mi persona ¿Son mis kilos de más los que han puesto fin a mis relaciones?

Cuando algo sale mal con una persona, inmediatamente me culpabilizo. Una cosa es asumir errores y conductas inapropiadas. Todos las tenemos, la autocrítica es necesaria. Pero por el contrario, culpabilizarse es destructivo. 

A lo largo de mis relaciones, tanto formales como simples aventuras, he terminado llorando y preguntándome que qué tenía de malo, por qué nadie me prefería. Qué hacía mal para que todo se terminase. 
En una de mis últimas noches, antes de empezar la cuarentena, me volví a hacer esas mismas preguntas. Pero, en vez de responder con las tres frases introductoras, me paré a pensar si alguna vez yo me había elegido. ¿Soy mi prioridad? Para muchos no tendrá sentido que me plantease algo así, pues el ser humano instintivamente lucha por su supervivencia y por ello se ama a uno mismo por encima de todo. Sin embargo, yo me di cuenta de que no era así. No en mi caso. 

Me sentía vacía. Había sentido tanto amor en mi corazón, que en vez de brindármelo a mi misma, me había dedicado a esparcirlo sin miramientos a cualquier persona con la que me topase. Y no digo que no haya que querer ni amar, pero cuando uno aprende a quererse a sí mismo, termina rociando a los de su alrededor de un amor cálido y proporcionado. Sobre todo y más importante, cuando aprendes a quererte, aprendes a estar siempre lleno de amor y cariño. Y en consecuencia, tu alrededor termina beneficiándose de él.

Cuando estás vacía no eres capaz de ser una buena amiga, ni hija o hermana. Se marchitan todas las relaciones que mantienes. Cuando estás vacía tienes un conflicto contigo misma que te impide disfrutar de lo que tienes. Te vuelves triste, malhumorada y desagradecida. Te obcecas con que hay un error en ti, o en el peor de los casos, culpas a Dios, destino o a la vida de lo que te está ocurriendo. Por suerte, de esta situación tarde o temprano se termina saliendo. Porque no queda otra. El tiempo termina haciéndote olvidar ese dolor y ese vacío. El tiempo, el inmenso esfuerzo que hacen tus amigos y familiares, rellena ese corazón de un nuevo amor. Y es entonces cuando vuelves a estar dispuesta a entregarte.

¿No te das cuenta de que si dependes del amor que te dan los demás, te terminas vaciando tarde o temprano? Me dije esa misma noche. Y es entonces cuando tomé una determinación. Es entonces cuando decidí elegirme a mi por primera vez en 21 años. 

Porque en todos mis fracasos amorosos me había equivocado y mucho, pero nada tenía que ver mis conductas con mentiras o manipulaciones. Esto último son actos egoístas, donde la otra persona antepone sus intereses y deseos -propios- para jugar con sentimientos e ilusiones -ajenas-. De la misma manera que la otra persona no era culpable ni merecedora de mi inmadurez, yo tampoco lo era de artimañas. Esa noche me liberé de un enorme peso que me había acompañado por mucho tiempo. 

Por desgracia, todos de algún modo y en algún momento, decidimos afrontar una frustración castigándonos. Esta actitud, común en todas las personas, encuentra múltiples formas con las que manifestarse. Entre esa diversidad para atormentarse, yo, como en el ejemplo que he introducido, soy experta en odiar a mi cuerpo.

¿Estoy en contra de que la gente adelgace? No. Estoy en contra de que la gente proyecte un cambio para que los demás les acepten. Porque el cambio y el proceso que conlleva este, será la mayor tortura que puedan experimentar. Esa persona constantemente se dirá NO. Se despertará cada mañana haciendo memoria de todo lo que comió el día anterior. Contará cada caloría que ingirió y lo hará para saber con exactitud cuánto desprecio debe sentir hacia sí mismo. 

No es mi intención que seamos obesos. Pero si quieres un cambio, que no se alimente de una inseguridad, y sí de una meta. Porque proponerse retos es algo maravilloso, pero cuando empiezas algo nuevo debes ser cariñoso contigo, sino nada de lo que hagas lo conseguirás. O si lo consigues tampoco perdurará. Debes partir de un amor propio y no de la búsqueda de un amor ajeno.

¿Y cómo puedo aprender a quererme? Pues si te soy sincera, no lo sé. Todavía lo estoy descubriendo. Pero tengo claro que la paciencia es clave en este asunto. Estoy siendo paciente conmigo misma, porque muchas veces vuelvo a perderme, y entro de nuevo en ese bucle. Sin embargo, debemos ser conscientes de que tener algún desequilibrio emocional, también forma parte de una vida equilibrada. Solo hay que ser pacientes. 

Acepta tus virtudes y defectos. Será a través de ellos con los que mirarás -desde los ojos de la objetividad- a tus complejos con visión de afrontarlos. Ninguna desilusión se produce por el complejo que tengas. Aquello que no te guste de ti, no es el motivo por el que se ha terminado lo que tuvieras. No hay nada malo en ti. La única persona de la que puedes ser una prioridad, eres tú mismo. Aplicar eso no implica que encuentres el amor de tu vida, pero si impide que te rompas por algo tan rutinario como no ser compatible con alguien.

Lo único que está en tu mano es el quererte. Si los demás no lo hacen, no es problema tuyo. Conócete y aprende a convivir contigo para poder convivir con el resto. Una vez empieces, te darás cuenta de la fuente que hay en tu interior y no volverás a sentirte vacío nunca más. Lo demás viene solo, porque lo que hay más allá de ti, está fuera de tu control y alcance. Así que o espabilas o el mundo seguirá avanzando contigo dentro, pero sin ti. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario